A medida que los avances genéticos nos ayudan a saber de dónde venimos, más nos alejamos de nuestros parientes más cercanos.
Le gusta ver la televisión con sus colegas humanos, tomarse una taza de café después de comer fumándose un cigarro... y las mujeres. Nacido en África, protagonizó espectáculos circenses e interpretó pequeños sketchs ante las cámaras durante los años 70, dejando anonadado al mundo entero gracias a su sorprendente inteligencia y las características físicas que le hacían único. Tras esto, fue objeto de decenas de pruebas para averiguar su identidad.
Para algunos, Oliver es un chimpancé más, pero para otros, se trata ni más ni menos que del eslabón perdido que une al mono con el hombre, aunque los estudios realizados hayan demostrado que no es así.
Además de la hipótesis del eslabón perdido, otra posibilidad que se propuso para explicar las peculiaridades de Oliver fue que era un híbrido de humano y chimpancé. Aunque parezca descabellado, no resulta tan extraño que en los 90 se tuvieran en cuenta dichas teorías, ya que hasta la semana pasada se pensaba que chimpancés y humanos tenían un 98,76% de su ADN en común y esto permitía especular tanto con la conjetura de haber encontrado el eslabón perdido más deseado, como con la posibilidad de que existieran individuos híbridos.
Quizás esa obsesiva necesidad de creer en este peculiar “hombre-mono”, se debiera a la posibilidad de tener una referencia directamente observable de que el hombre y el mono son parientes próximos, que descienden de un antepasado común, el cual también era un mono.
Tras realizar a Oliver múltiples pruebas genéticas durante muchos años, se concluyó que era un chimpancé corriente relacionado con chimpancés de África central. Pero esta resolución no evitó que actualmente siga habiendo numerosas personas que aseguran que este primate es especial, que su similitud con los humanos va más allá de lo acostumbrado, y puede que tengan razón.
El pasado día 12 de febrero, coincidiendo con el aniversario de Charles Darwin, Tomás Marqués-Bonet del Instituto de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra y el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y Evan Eichler, de la Universidad de Washington (Estados Unidos) publicaron en la revista 'Nature' el primer mapa comparativo de cuatro genomas de primate: el del macaco, del chimpancé, del orangután y del humano. Hallaron que cada especie de primates, posee una enorme cantidad de fragmentos exclusivos en su genoma, siendo la diferencia entre el genoma humano y el del chimpancé de hasta un 10% en vez de el 1% demostrado hasta el momento.
Este descubrimiento, que presumiblemente nos aleja de nuestros hermanos monos, nos pone un poco más difícil aceptar el espectacular parentesco que tenemos con ellos. Pero por otro lado nos puede dar una explicación a las peculiaridades de Oliver, y nos puede ayudar a comprender los mecanismos de la evolución humana y la base de diversas enfermedades únicas en el hombre.
AVANCES EN EL GENOMA
Durante la última década, la comunidad científica ha aceptado la hipótesis de que los seres humanos y sus parientes vivos más cercanos, los chimpancés, sólo diferían en el 1,24% de sus secuencias de ADN. Sin embargo, las conclusiones de este estudio prueban que esta estimación es incorrecta y que, en realidad, el número de diferencias puede ser hasta 10 veces superior.
Los científicos han analizado una parte del genoma, hasta ahora poco explorada, formada por repeticiones de largos fragmentos de ADN, técnicamente llamadas duplicaciones segmentales. Aunque estas duplicaciones sólo representan cerca del 5% del genoma humano y cerca del 5% del de chimpancé, en ellas se concentra la mayoría de las diferencias genéticas entre ambas especies y las más importantes.
Como las duplicaciones pueden ser muy grandes, contienen muchas veces genes completos. Las copias de estos genes, que en principio son idénticas, pueden ir especializándose, a base de adquirir pequeñas mutaciones, hasta diferenciarse completamente unas de otras. Es así como se generan la mayoría de genes únicos de una especie concreta: por duplicación y posterior especialización. Todos estos genes nuevos pueden realizar funciones nuevas que serán exclusivas de la especie que los tiene.
Las duplicaciones predisponen el genoma a reorganizarse, a tener grandes cambios estructurales. Este fenómeno puede derivar en ciertas enfermedades como el autismo, la esquizofrenia o el retraso mental. No obstante, los científicos aclaran que la duplicación de genes no es sinónimo de anomalía, sino de variación y de novedad. Novedades que pueden ser favorecidas por la selección natural o pueden resultar patológicas, en función de cómo se desarrollen.
Hasta el momento, al comparar los genomas, se habían tenido en cuenta las llamadas regiones de copia única, que son más fáciles de analizar y más similares entre especies. "Ha sido como montar un puzzle. Se empezó por las piezas que eran cada una distinta y hemos dejado las que parecen repetidas, para el final", explica Marquès-Bonet coautor de la investigación.
El estudio ha logrado datar la época en que hubo más duplicaciones: un intervalo de entre 12 y 8 millones de años, justo antes de la separación de los linajes de los humanos y chimpancés, ocurrida hace unos seis millones de años. Este hecho implica que todos los genes estudiados, que acababan de aparecer, han ido adquiriendo características nuevas a lo largo de los seis millones de años que llevan separados evolutivamente hombres y chimpancés.
En el caso de Oliver, puede que una de estas “novedades” le hiciera tener un aspecto diferente a los demás chimpancés, ya que actualmente aún sigue siendo un interrogante su particular bipedismo y morfología, además de otras características que se le atribuyeron.
Los autores creen que es gracias a esta separación que los seres humanos consiguieron adaptarse al entorno actual. Es quizás en este inmenso océano de diferencias donde hay que buscar los denominados genes de humanidad, cual agujas en un pajar. Por el momento, los investigadores desconocen si esta nueva línea de investigación desvelará estas incógnitas.
Ser o no ser mono, esa es la cuestión
En la sociedad actual discurre un debate continuo sobre si el hombre desciende del mono o no, aunque científicamente hablando, es irrefutable el hecho de que el hombre proviene de un ancestro común a los monos, que por defecto debe ser uno de ellos.
En España concretamente, el debate está en boca de todos debido al Proyecto Gran Simio (P.G.S). Éste es un proyecto internacional que intenta incluir a los antropoides no humanos en una comunidad de iguales, al otorgarles la protección moral y legal de la que, actualmente solo gozan los seres humanos.
Muchos menosprecian la validez racional de tal propuesta, pero lo cierto es que ésta es una consecuencia lógica de la enorme confusión causada por la revolución biogenética, que ha removido los límites tradicionales usados para definir “qué es lo humano”.
Hasta el momento la mejor baza del PGS para conseguir una aceptación política de su propuesta, era precisamente el corto parecido genético entre hombre y chimpancé, no habiendo corregido aún su proposición tras los últimos descubrimientos que aumentan la distancia genética entre ambos.
“Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar –con todas estas exaltadas facultades– lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen”.
"Darwin"